
Un mapa político de América del Sur, a simple vista, resulta familiar y no presenta demasiadas anomalías. Sin embargo, en el extremo septentrional del subcontinente las aguas del Atlántico bañan las costas de, increíblemente, la Unión Europea. Se trata de un territorio presuntamente hostil para la civilización; atestado de impenetrables y frondosos bosques tropicales y con el estigma de haber sido sede de la más infame colonia penal francesa hasta mediados del siglo XX. De escaso renombre y víctima de un mayor desdén aún, se alza la Guayana Francesa (GF), la última colonia continental de América del Sur.
Cuando parecía que los viejos formatos ya no iban a poder superar el paso del tiempo, he aquí este desconocido territorio francés asentado en suelo sudamericano, en pleno siglo XXI. En términos formales, la Guyana Francesa es a la vez un departamento y una región de ultramar de Francia y, consecuentemente, un territorio ultraperiférico de la Unión Europea. Si bien su status jurídico es idéntico al de cualquier otro departamento metropolitano de la Francia europea está, igualmente, limitado en su autonomía y mantiene un nivel de aislamiento prácticamente total respecto de lo que acontece en su vecindario. Resulta intrigante, por no decir alarmante, la persistencia de un régimen semejante en una región ávida por una cada vez más profunda integración y con el referente máximo de comunidad política jamás antes vista en el continente americano: UNASUR.
Desde su institucionalización definitiva en 2008, la UNASUR se perfiló como un organismo decidido a crear un espacio geográfico donde una historia y unos principios compartidos fueran paulatinamente complementados con una identidad, una lógica y dinámicas propias. La base siempre ha sido la construcción de un espacio de vocación eminentemente política y de debate que atendiera a las más diversas problemáticas e intereses de los Estados sudamericanos. Tras los sucesivos fracasos de las iniciativas neoliberales integracionistas enmarcadas en el nuevo regionalismo, UNASUR surgió como una alternativa autóctona aunque sólo parcialmente despegada del viejo paradigma; pero en aquellos temas de los que se despegó, lo hizo contundentemente[i]. La región ha experimentado en la última década el ascenso de gobiernos orientados a establecer una fuerte recapitulación del rol estatal y a dar un giro hacia el derrumbe de las viejas relaciones de dependencia y de desabastecimiento. Esto ha marcado el comienzo de una estrategia a largo plazo que brinda una plataforma de valoración de lo autóctono y de remembranza de un pasado común como pueblos sudamericanos, a la vez posibilitando un marco institucional que le confiera una voz única y homogénea frente a la comunidad internacional en términos de mayor equidad y ponderación. Las asimetrías y las diferencias entre los 12 Estados miembros son reales. Sin embargo, la mutación que ha sufrido el proceso integracionista sudamericano muestra que la voluntad política de las dirigencias nacionales se ha mantenido interesada en la formación de un espacio de confluencia regional. Esta breve reseña no hace más que poner en tela de juicio la extraña permanencia de una colonia francesa en el subcontinente. O bien hay resistencia a incluir a la Guyana Francesa en la agenda por temor a potenciales represalias o, peor aún, es una postura definida continuar ignorándola. ¿Por qué razón un organismo como UNASUR, defensor de los principios de la auto y de la libredeterminación de los pueblos y de la soberanía estatal habría de tolerar un enclave colonial europeo en sus propias fronteras? ¿Por qué desinteresada razón no se ha promovido desde la UNASUR un paulatino proceso de independencia en la Guyana Francesa? ¿Acaso no es la Guyana el más claro ejemplo de estancamiento y aislamiento producto del colonialismo contemporáneo?
En 1966, Guyana lograba su independencia tras décadas de colonización británica y, en 1975, Surinam se liberaba del dominio holandés para convertirse en el último Estado sudamericano en independizarse. En ambos casos, la integración con el resto de los Estados sudamericanos ha sido muy satisfactoria desde la creación de UNASUR, sobre todo en los campos diplomático y comercial. Aparentemente, cuando en 1946 se le otorgó a la Guyana Francesa el status de departamento, las críticas referidas a la descolonización parecieron darse por terminadas. Los académicos de la década de 1980 ingenuamente proyectaban una eminente independencia de la última y más pequeña de las denominadas Guyanas, pero nunca llegó. Francia argumentaba que los aires independentistas del pueblo guayanés siempre serían apoyados, pero que estimaba demasiado prematuro e irresponsable someter a la Guyana al abandono de la metrópoli y condenarla a peor vida en ejercicio de su plena soberanía en tiempos tan convulsionados como los de la década de 1980.
Los análisis retrospectivos siempre resultan delicados y, quizá, las autoridades francesas estaban en lo cierto. Aun así, los resultados para el heterogéneo pueblo guayanés (mayoritariamente criollo debido a las mezclas entre aborígenes locales, descendientes de esclavos africanos y colonos franceses) fueron catastróficos: se consolidó una sociedad temerosa, disipada y absolutamente dependiente de la tutela metropolitana y de sus subsidios, económicamente relegada casi exclusivamente a la explotación forestal y poseedora, como único indicador de cierto desarrollo, del Centro Espacial de Kouru; emblema y orgullo de la República Francesa[ii]. Por su parte, la capital Cayenne, se mantiene desconectada del resto de las capitales sudamericanas y todavía se espera por la inauguración de un puente terrestre que conectará por vez primera a la Guyana Francesa con un Estado sudamericano, Brasil[iii]. Pese a la proximidad geográfica, la situación de la Guyana es desconcertante respecto al medio y al entorno en el que está inserta. Simplemente, todo es desconocido. Frente a la imposibilidad de establecer una misión diplomática, las únicas representaciones extranjeras sudamericanas en Cayena son dos Consulados Generales (Brasil y Surinam) y dos Consulados Honorarios (Ecuador y Perú). La presencia francesa en la Guyana esconde en el fondo un doble rasero: mientras por un lado sostiene los subsidios y la representación parlamentaria en París como atractivos, por el otro se asegura el ingreso de productos europeos en el territorio guayanés a precios poco competitivos sumado a una considerable presencia militar y al uso constante de radares de vigilancia. Y si de legitimidad democrática se trata, en 2010 se llevó a cabo un referéndum impulsado por el entonces Presidente francés Nicolás Sarkozy concerniente a otorgar una mayor autonomía al territorio. Un contundente 69,8% votó por el no pero, llamativamente, sólo un 48% del padrón electoral participó[iv]. Atendiendo a estos datos, la alta tasa de abstención podría vincularse a que gran parte de la población se siente como ciudadanos de segunda clase aun sometidos a una gran confusión e inmadurez política, haciendo incompatible tan estrecha relación con la antigua metrópoli con una sólida reivindicación nacional independentista. Cabe preguntarse qué sentirá este pueblo al verse forzosamente excluido de la más asombrosa comunión política a la que nunca antes se haya encaminado su región.
Los principios y valores pregonados por UNASUR deben ser indisociables de los procesos descolonizadores en la región. La Guyana Francesa continúa estando sometida a una potencia extranjera y privada de su propia identidad y patrimonio. Asimismo, también se encuentra privada de cualquier contacto con los Estados de su propio continente. El organismo, pese a su corta existencia, ha demostrado en reiteradas oportunidades que la resolución de conflictos por vía diplomática es posible. Siglos de colonización no han hecho más que fomentar la fragmentación entre los pueblos, y en una región donde las distancias geográficas y culturales se han acortado, una auténtica integración sudamericana jamás será completa sin la eventual independencia guayanesa.
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(*) Yusef Saber es licenciado en Relaciones Internacionales de la Universidad Católica de Córdoba. Tw: @YusefSaber
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[i] Félix Peña, Integración regional y estabilidad sistémica en Suramérica en Una región en construcción: UNASUR y la integración en América del Sur, Manuel Cienfuegos y José Antonio Sanahuja (eds.), Fundación CIDOB, 2010 [en línea] Disponible en:
[ii] Frank Schwarzbeck, La Guayana Francesa: un caso continental, Nueva Sociedad, 1982 [en línea] Disponible en: www.nuso.org/upload/articulos/1005_1.pdf
[iii] Frank Jacobs, The Loneliness of the Guyanas, NYT [en línea] 16 de enero de 2012 [Disponible en: http://opinionator.blogs.nytimes.com/2012/01/16/the-loneliness-of-the-guyanas/?ref=frenchguiana&_r=0